Acto de presentación en Murcia (18-XI-2016) del libro BELLUM DACICUM – Geopolítica, estrategia y conflicto en el Danubio bajo Domiciano y Trajano (85-106 d.C.)

Conversaciones con Clío se complace en poder anunciaros que el próximo VIERNES DÍA 18 DE NOVIEMBRE (2016) a las 19:30h tendrá lugar en la localidad de Murcia, en la librería EXPO-LIBRO (C/ Merced 11, 30001 MURCIA), el ACTO DE PRESENTACIÓN de mi LIBRO: BELLUM DACICUM – Geopolítica, estrategia y conflicto en el Danubio bajo Domiciano y Trajano (85-106 d.C.), publicado en la editorial Signifer Libros.

Os animo a todos a venir, pues pasaremos un muy buen rato hablando del contenido del libro y, además, tendréis la oportunidad de llevaros un ejemplar firmado.

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Cartel oficial del acto de presentación elaborado por el equipo de la librería

IV Curso Extra Limites: Civilizaciones contemporáneas del Imperio romano, ss. I a.C.-VI d.C.

Me alegra mucho poder anunciaros que ya está abierto el plazo de matrícula para la cuarta edición del curso Extra Limites: Civilizaciones contemporáneas del Imperio romano, ss. I a.C.-VI d.C. que imparto online a través de la web del CEPOAT (Centro de Estudios del Próximo Oriente y de la Antigüedad Tardía) del 1 de diciembre del presente año al 28 de febrero de 2017.

A lo largo de este curso, que aporta 3 créditos ECTS y cuenta para las oposiciones, abordaremos la historia política, militar, socio-cultural, institucional y religiosa de los principales pueblos, Estados, civilizaciones y culturas que convivieron con el Imperio romano desde el periodo de la  República Tardía (ss. II-I a.C.) a la llamada Renovatio Imperii justinianea (s. VI d.C.). El principal objetivo de este curso es acercarnos a este periodo clave de la Historia Antigua y de la Historia de Roma desde un punto de vista externo al mundo greco-romano.

En las aulas de la Universidad española la Historia del mundo romano suele plantearse desde un enfoque casi exclusivamente “romanocéntrico”, obviándose el desarrollo político y cultural de otros pueblos y culturas como si de sendos “actores secundarios” se tratase. Sin embargo, celtas, dacios, persas sasánidas, sármatas, árabes o germanos no sólo tuvieron su propia historia condicionada, naturalmente, por el contacto con el mundo romano y heleno, sino que a su vez su propio desarrollo histórico marcó indefectiblemente el devenir de las civilizaciones romana y griega. En definitiva, Roma no puede ser entendida sin comprender, al mismo tiempo, las culturas que la rodearon durante el apogeo y desenlace de su Historia como superpotencia mediterránea pues, a fin de cuentas, tales culturas formaron parte importante también de la Historia del Mediterráneo, Europa y el Próximo Oriente.

Así pues, este curso pretende llenar el vacío dejado inevitablemente por las aulas en este terreno, a la vez que mostrar un enfoque totalmente distinto de la Historia Antigua: contemplar los acontecimientos históricos extra limites, “desde el otro lado de la frontera”, desde la perspectiva del “bárbaro” y del “no romano” para descubrir todo un mundo parcialmente olvidado por la docencia universitaria, así como por buena parte de la historiografía de este país.

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Cartel oficial del curso, donde podéis encontrar toda la información básica para matricularos, así como los datos de contacto donde resolverán cualquier duda que tengáis al respecto del proceso de matrícula o del desarrollo del curso.

Para los que estéis interesados en este viaje a las selvas germánicas, las fértiles márgenes del Éufrates y el Tigris, las estepas de Asia o las colinas de Dacia, este es el enlace de acceso a la web del curso:

http://www.um.es/cepoat/aula/course/info.php?id=1341

Aquí encontraréis toda la información necesaria para realizar la matrícula en el curso y, una vez matriculados, acceder al mismo y a sus contenidos.

El plazo de matriculación concluye el próximo día 25 de Noviembre, así que aún estáis más que a tiempo de apuntaros. Espero que os animéis y nos veamos el próximo 1 de Diciembre a través del aula virtual.

Nuevo libro: BELLUM DACICUM – Geopolítica, estrategia y conflicto en el Danubio bajo Domiciano y Trajano (85-106 d.C.)

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Me llena de satisfacción comunicaros que ya está en distribución y a la venta mi nuevo libro, BELLUM DACICUM – Geopolítica, estrategia y conflicto en el Danubio bajo Domiciano y Trajano (85-106 d.C.), centrado, como su título indica, en torno a las guerras dácicas de los emperadores romanos Domiciano (81-96 d.C.) y Trajano (98-117 d.C.), publicado a través del prestigioso sello editorial Signifer Libros, especializado en Historia de la Antigüedad griega y romana, que ha amparado múltiples obras de reconocida calidad en Historia militar de este mismo ámbito.

Las guerras dácicas de Domiciano (85-89 d.C.) y Trajano (101-106 d.C.), junto con los conflictos subsidiarios de las mismas, implicaron la desaparición violenta del Estado dacio, la civilización más importante de Europa después del propio Imperio romano y la segunda mayor potencia de la Europa de los siglos I a.C.-II d.C. La destrucción del reino dacio y su sustitución por la provincia romana de Dacia consolidó a Roma como la gran superpotencia hegemónica del Continente, condicionando la política del Imperio y su situación en la Europa danubiana y póntica hasta las guerras marcománicas de  época de Marco Aurelio.

En el marco de estos conflictos y sus antecedentes directos, el reino dacio estuvo a punto de desbancar al Imperio romano como potencia en la Europa del Este mediante la hábil construcción, mantenimiento y explotación de una poderosa entente de socios, aliados y vasallos, así como a través de su propia fuerza como entidad estatal dotada de una poderosa maquinaria bélica y de avanzadas instituciones de inspiración helenística.

El pulso entre la superpotencia mediterránea y la entente dácica implicó la extensión del conflicto no sólo al conocido ámbito montañoso del interior de Dacia, en la actual Rumanía, sino también al interior de las provincias romanas de la región y la expansión de la guerra al escenario fluvial y marítimo, conociendo importantes enfrentamientos navales en las aguas del Danubio y el Mar Negro, así como amplias operaciones anfibias por parte de ambos contendientes: los romanos empeñados primero en la defensa de su hegemonía y, posteriormente, en la expansión y consolidación de su poder mediante la conquista directa de su enemigo; los dacios y sus aliados con la intención de extender su poder sobre las provincias romanas circundantes y, finalmente, de defender su propia existencia como entidad independiente.

Roma emergió de esta secuencia de conflagraciones a gran escala consagrada como la gran potencia hegemónica de la Europa del Este si bien, al mismo tiempo, transformó la realidad geopolítica de esta región de forma irreversible, alterando drásticamente sus dinámicas mediante la destrucción del Estado y la cultura dácicas y, por lo tanto, condicionando para siempre su futuro desarrollo histórico.

Un innovador y concienzudo estudio de estas y otras cuestiones aguardan al lector a lo largo de las páginas de este libro, acompañado de una completa sección de mapas e imágenes, así como de un amplio aparato documental destinado a servir de base a cualquier ulterior investigación sobre cualquier aspecto de la materia o sobre temáticas relacionadas.

Sin más, espero que os animéis a comprarlo y que disfrutéis tanto de su lectura como yo durante su elaboración.

 

La ira de Panorámix: los druidas celtas en la guerra

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Reconstrucción fantástica de la apariencia de un druida en una ilustración de la primera mitad del s. XX. La cultura popular ha vertido una imagen completamente ficticia de los druidas en el imaginario colectivo.

Los druidas constituyeron la clase sacerdotal de la mayor parte de los pueblos celtas documentados a lo largo de la historia de Europa previa a la cristianización. Sin embargo, como en la inmensa mayoría de las culturas de la Antigüedad, sus funciones trascendían con holgura las fronteras de lo puramente religioso: a través de los testimonios de los autores greco-latinos y de los mitos y leyendas de la Irlanda celta observamos a los druidas en ejercicio del poder  político y judicial y, al mismo tiempo, a cargo de todos los aspectos de la religión, incluido el ejercicio de la magia.

En este sentido, la guerra no constituyó ninguna excepción. Procedentes de la aristocracia guerrera celta, los druidas podían estar exentos del servicio militar, según el testimonio de Julio César, pero no por ello excluidos del mismo. Es el propio César quien describe cómo los druidas de la Galia podían llrgar a resolver la elección de un “archidruida” mediante las armas. Así, a través de los testimonios de los autores clásicos y de la mitología celta vemos cómo los druidas ejercieron, en multitud de ocasiones, como comandantes militares, tomando parte activa en las contiendas.

Sin embargo, aunque la participación de los druidas en la guerra parece estar sobradamente testimoniada, cabe preguntarse de qué formas se esperaba que estos intervinieran en el combate y qué medios se podían emplear contra los druidas en la batalla. César es el primer autor clásico que nos aporta alguna pista en torno a la participación de un druida en combate. Se trata del druida eduo Diviciaco, aliado del procónsul romano durante la guerra de las Galias: entre otros episodios, Diviciaco es descrito comandando un escuadrón de caballería durante la primera campaña contra los belgas. En este sentido Diviciaco ejerció como un comandante de caballería común y combatió empleando los mismos medios que los jinetes que comandaba.

Más llamativo resulta el relato que hace Tácito en sus Annales de la conquista de la isla de  Mona (la actual Anglesey, en la costa noroccidental de Gales) por parte del legado Suetonio Paulino en 58 d.C. El historiador nos presenta a los druidas en mitad de una hueste de guerreros armados dispuestos para la defensa, maldiciendo a la fuerza invasora romana. La reacción inicial de los soldados romanos no es de menor interés: quedan paralizados por la impresión, dejándose abatir sin oposición hasta que las arengas de los oficiales y el avance de los estandartes les lleva a recuperar el ánimo y abalanzarse contra el enemigo, derrotándolo. Tácito está describiendo claramente a los druidas empleando maldiciones como una forma de atacar al ejército invasor. Este hecho cobra un interés aún mayor desde el momento en que dichas maldiciones parecen “tener un efecto” sobre los soldados romanos.

Entre los druidas de las leyendas celtas de Irlanda, Cathbad es uno de los más famosos, siendo uno de los protagonistas del llamado Ciclo del Ulster y del relato que lo vertebra, el Táin Bó Cuailnge. En estos relatos Cathbad interviene en la guerra en varias ocasiones, antes y después de vincularse a la corte del rey Conchobar. Debemos destacar aquí el episodio del Compert Conchoboir (uno de los relatos menores del Ciclo del Ulster), donde Cathbad hace su aparición como druida al mando de una tropa de mercenarios. En este relato no se especifica que Cathbad emplee ninguna clase de magia en los combates que libra, mientras que sí que se relata el uso de armas corrientes, en este caso una espada, la cual emplea para acabar con sus adversarios. Más adelante, ya en el relato del Táin, Cathbad aparece como instructor en el uso de las armas de los jóvenes guerreros de la aristocracia del Ulster.

Sin embargo, por encima aún de Cathbad, debemos destacar al druida Mog Ruith quien, en el relato del Asedio de Druim Damghaire, acude en auxilio de las fuerzas del reino de Munster, acosadas por el ataque de los ejércitos del rey supremo de Irlanda, Cormac mac Airt. Al principio del relato, Mog Ruith es descrito armado con una poderosa panoplia cuyas piezas más extraordinarias son las dos lanzas envenenadas que porta junto a su escudo y su espada. Sin embargo, en este relato Mog Ruith combate con medios eminentemente mágicos: en primer lugar se propone sembrar el caos en el ejército enemigo haciendo desaparecer la colina sobre la que este acampaba “soplando” sobre ella, provocando una terrible matanza; a continuación, para enfrentarse a la batería de medios mágicos desplegados por los druidas rivales, Mog Ruith enciende un enorme fuego mágico con una serie de prescripciones meticulosas, arrojándolo luego contra las filas del ejército enemigo con fatales consecuencias, junto a un conjuro que describe claramente la finalidad destructiva de tal llamarada; finalmente, Mog Ruith consigue aniquilar a tres de los druidas del ejército enemigo convirtiéndolos en piedra “soplando” sobre ellos. Esta acción del druida Mog Ruith trae a nuestra memoria ahora el relato de Tácito sobre la conquista de la isla de Mona, cuando una parte de la tropa romana quedó “paralizada” ante los druidas. Los paralelismos son tan evidentes como elocuentes.

Los druidas que combaten a Mog Ruith desde las filas del rey Cormac, aunque bastante menos afortunados que su desenvuelto rival, también nos proporcionan episodios de interés. En primer lugar, van tan bien armados como Mog Ruith. Uno de ellos, Colptha, toma sus armas para enfrentarse a los guerreros de Munster. Aunque cae derrotado en un combate singular, Colptha cambia antes de forma hasta adquirir unas dimensiones grotescas e imponentes, con el fin claro de poder derrotar con la fuerza de su tamaño sobrehumano a cualquier rival que le saliese al paso: en este caso, el druida Colptha recurre a la magia para realizar una metamorfosis que potencie sus habilidades guerreras con la lanza y la espada.

Hemos hablado hasta el momento de druidas. Sin embargo, las leyendas celtas también nos proporcionan varios ejemplos de druidesas interviniendo en combate. Normalmente, la categoría druídica de estas mujeres se percibe a través de sus habilidades proféticas, particularmente el imbas forosnai, arte adivinatoria estrechamente vinculada a druidas y druidesas. En este sentido destaca la figura de Scáthach, conocida por dirigir una auténtica “academia” del arte de la guerra para jóvenes guerreros, a cuyas enseñanzas se consagró el afamado héroe del Ulster, Cú Chulainn. Durante el relato ella le hace entrega de la Gae Bolga, la lanza que acompañará al héroe hasta el final de sus días, cuya herida era siempre mortal: claramente un arma de carácter mágico.

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Guerreros celtas de los siglos IV-II a.C. Como miembros de la aristocracia guerrera de sus sociedades, los druidas no estaban excluidos de la participación en la guerra. Del mismo modo, no existen indicios de que su apariencia fuera significativamente distinta de la de otros miembros de las élites celtas de cada periodo.

Otros relatos acentúan aún más el carácter mítico-fantástico de los druidas que intervienen en episodios bélicos teniendo intervenciones decisivas gracias a sus poderes extrahumanos. En particular el relato de la mítica Segunda batalla de Mag Tured nos presenta muchos casos donde divinidades de carácter druídico o druidas de carácter divino intervienen en combate por medio de la espada o por medios mágicos de lo más variopintos. Cuando los Tuatha Dé Danann (los dioses celtas irlandeses), se preparan para la batalla inminente contra los fomorios (sus enemigos), cada miembro de la tropa proclama sus habilidades y cual será su participación en el combate. Dagda, dios-druida, indica que empleará en combate una pesada maza, explicitando que con ella triturará los huesos de los fomorios hasta convertirlos en lluvia de granizo. De igual modo, Dagda se muestra dispuesto en varias ocasiones a emplear un completo arsenal mágico, que incluye todas las habilidades de los druidas que hablan antes que él en el relato. La dos grandes novedades que las habilidades mágicas de Dagda nos aportan son: por un lado la retención de la orina de los enemigos, circunstancia capaz de matar por sí sola a largo plazo (como está clínicamente demostrado y que, a corto plazo, podía debilitar seriamente a los guerreros enemigos;  por otro lado un  arpa que, sin que se nos aporte más detalles, mata a nueve fomorios al regresar a las manos de Dagda, alusión a la magia ejercida con música de la que se esperaba una cierta letalidad.

En el relato de la Segunda batalla de Mag Tured el dios Lug aparece al comienzo, cuando los Tuatha Dé Danann han depuesto al rey Bres por su mal gobierno y están preparando la defensa de Irlanda contra el ejército fomoriano que el soberano destronado ha convocado para reimponerse. Lug se presenta en la corte del nuevo rey, Nuada; sin embargo, los porteros de la corte no le permiten pasar a menos que posea un arte u oficio. Lug les replica si acaso poseen una sola persona en la corte capaz de desempeñar todos los oficios, consiguiendo finalmente que le dejen pasar. Lug es descrito así como un dios totalmente fuera de categoría, pues es capaz de asumir todas las funciones, las druídicas y guerreras entre ellas. Las extraordinarias capacidades de Lug hacen que el rey Nuada le confíe el mando del ejército de los Tuatha Dé Danann y sus preparativos para la contienda. Durante la batalla siguiente, Lug no sólo ejerce como estratega y coordinador de todas las fuerzas, sino que tiene el papel fundamental de abatir al mejor guerrero de los fomorios, Balor “el del Ojo penetrante”, un ser cuyo único ojo tenía la capacidad de fulminar a sus enemigos. Lug se enfrenta a él y le da muerte lanzándole un disparo de honda que atraviesa el ojo de Balor y su cabeza, aniquilando después a veintisiete fomorios más (en un claro paralelo a la muerte de Goliat a manos de David que los compiladores cristianos altomedievales de estas leyendas no se resistieron a incorporar).

El carácter druídico es inherente a todas las divinidades celtas de la mitología irlandesa y las divinidades femeninas no constituyen una excepción. Llama particularmente nuestra atención Morrígan, divinidad de atribuciones principalmente guerreras: durante el relato de la Segunda batalla de Mag Tured, Morrígan yace con Dagda antes de la contienda, predice el lugar donde desembarcarán las huestes de los fomorios en Irlanda y se une a él con un contingente de druidas para matar a Indech, rey de los fomorios. Más adelante, Morrígan hace acto de presencia en el campo de batalla inculcando un intenso furor asesino a los Tuatha Dé Danann, impulsándoles a rematar la carnicería del enemigo.

Lug acude a la batalla acompañado de un file (un druida-poeta) y dos druidesas. Estas dos últimas, Bé Culle y Díanann, informan a Lug de que hechizarán los árboles, las rocas y la tierra, alzándolos como un ejército en armas contra los fomorios. Este caso recuerda fuertemente a un episodio parecido registrado por Tito Livio desde la perspectiva y la mentalidad romanas: la destrucción  del ejército del cónsul L. Postumio Albino en 215 a.C. a manos de la tribu gala de los boyos, quienes aguardaron el paso de las tropas romanas en mitad de un bosque, habiendo dejado los árboles medio cortados para arrojarlos sobre sus enemigos en el momento oportuno. Sin embargo, resulta inverosímil la posibilidad de cortar un bosque entero para que se desplome en una secuencia tan perfecta como la que describe Livio; probablemente el historiador romano enriqueció el relato de la derrota de Albino haciendo una transposición racionalizada del mito celta del “bosque en armas” que, posteriormente, quedaría reflejado también en el relato de la Segunda batalla de Mag Tured.

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Guerreros celtas irlandeses haciendo frente al desembarco de una expedición escandinava, siglos IX-X d.C.

La palabra se cuenta también entre las armas mágicas que los druidas de los Tuatha Dé Danann pretenden emplear en el combate. Así lo explicita Coirpre, poeta de Lug, quien explica que lanzará sobre los fomorios un glam dicinn, una maldición druídica extremadamente poderosa y letal, satirizándoles y avergonzándoles hasta el extremo de que no puedan oponer resistencia a los guerreros de los Tuatha Dé Danann. De nuevo un relato que nos recuerda al de la conquista de Mona por los romanos según Tácito.

Como hemos podido observar, los druidas hacían uso indistinto de armas corrientes y de armas mágicas para confrontar y abatir a sus enemigos. Se esperaba de ellos que fueran tan diestros con la espada como con toda clase de artes y conjuros a la hora de entrar en batalla. Sin embargo, no observamos en ningún caso que un mismo druida, en un mismo episodio, hiciera uso al mismo tiempo de la magia y de las armas profanas; incluso los propios dioses, los Tuatha Dé Danann, parecen regirse por esta delimitación clara y, aunque Dagda expresa que empleará en la batalla tanto artes mágicas como los golpes siniestros de su maza, lo hace en dos pasajes separados y en ningún momento aparece empleando ambos recursos a un mismo tiempo.

Finalmente, en el plano de la muerte de los druidas en combate, debemos distinguir claramente entre la mitología celta y las fuentes clásicas: en las leyendas y mitos irlandeses la muerte del druida en combate se produce por medios predominantemente mágicos emitidos por otro druida.  Las fuentes greco-latinas pueden, como hemos visto, reflejar aspectos de la idiosincrasia celta, pero en sus testimonios los druidas caen en combate a espada como cualquier otro mortal, esperaran lo que esperasen los celtas de ellos.

Bibliografía selecta:

Alberro, M. (2005): Táin Bó Cuailnge (La Razzia del Ganado de Cuailnge), La Coruña.

Chadwick, N. K. (1970): The Druids, Pelican, Londres.

Green, M. J. (2010): El mundo de los druidas, Madrid.

Guyonvarc’h, C. J. / Le Roux, F. (2009): Los druidas, Madrid.

Powell, T. G. E. (2005): Los celtas, Madrid.

Soria Molina, D. (2013): “La ira de Dagda. Druidas y druidesas en la batalla: sus medios para matar y ser abatidos en combate a través de las fuentes greco-latinas y la mitología celta”, en Bravo, G. / González, R. (eds.), Formas de morir y formas de matar en la Antigüedad romana, Madrid-Salamanca, pp. 579-592.

Zecchini, G. (2002): Los druidas y la oposición de los celtas a Roma, Madrid.

Venturas y desventuras del reino de los nabateos (I): de la efímera gloria a las garras del águila romana

La vida en el desierto no es fácil. La vida en los desiertos de Siria y Palestina nunca lo ha sido y, tristemente, no hay visos de que lo vaya a ser en el próximo siglo. Para los nabateos tampoco lo fue. Las sobrecogedoras estructuras y monumentos de Petra, ciudad principal del territorio que fuera su reino desde el s. II a.C. hasta los albores del II d.C., han proyectado en la mentalidad colectiva la imagen de una vida relativamente apacible asentada sobre un tranquilo control de las rutas comerciales que atraviesan estos desiertos, conectando Siria con el Mar Rojo, la Península del Sinaí y Egipto, entre otras. Como veremos, esta imagen resulta por completo falsa: los nabateos aprendieron muy pronto que el hecho de disponer, o peor aún, pretender dominar rutas comerciales de cualquier tipo (especialmente si estas son de gran importancia) puede dar tantos quebraderos de cabeza como beneficios y, sobre todo, atraer siempre la atención, por lo general violenta, de tus vecinos, especialmente de los más poderosos. Los propios nabateos tampoco escaparon a esta tendencia depredadora e incluso, durante un breve lapso de tiempo, aspiraron a dominar la mayor parte del Levante mediterráneo.

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Vista frontal de la entrada al Khazneh o “Tesorería” de la ciudad de Petra, uno de los monumentos más destacados y significativos de la antigua capital del reino de los nabateos.

Paradójicamente (o quizás no tanto), los nabateos entran en la historia escrita de la mano del relato que Diodoro Sículo hizo del primer intento documentado por someter a estas tribus y, por lo tanto, de hacerse con las rutas caravaneras de sus dominios, por parte de una superpotencia extranjera: las parcialmente frustradas campañas lanzadas en la región desde 312 a.C. por Antígono I Monoftalmos, uno de los generales sucesores de Alejandro Magno. En aquel momento, a finales del siglo IV a.C., los nabateos constituían un conjunto de tribus y clanes nómadas dedicados al pastoreo de ganado menor y al comercio en las estepas y desiertos de Transjordania, totalmente descentralizadas más allá de la necesidad de la defensa común y de un encuentro anual con motivos espirituales y festivos.

No volvemos a tener noticias sobre nuestros protagonistas hasta mediados-finales del siglo II a.C. Para entonces, los nabateos habían experimentado una serie de profundos cambios en sus formas de organización social y política, así como en su modus vivendi: encontramos a los nabateos conformando un reino relativamente centralizado en torno a la figura de un monarca, con sede administrativa en la ya mencionada ciudad de Petra, constituyendo un Estado famoso por su estabilidad interna; en su mayor parte habían abandonado el pastoreo, dedicándose a una productiva agricultura gracias a extensas obras de irrigación; del mismo modo, los nabateos seguían consagrados a la explotación de las rutas comerciales que recorrían su territorio; desde el punto de vista militar constituían además una potencia a tener en cuenta, siendo capaces de mantener una activa política expansionista, especialmente frente al vecino reino de Judea, bajo los reinados de Aretas II, Obodas I y Aretas III.

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Obodas I sucedió a Aretas II a principios del siglo I a.C., manteniendo con entusiasmo la enérgica política exterior de su antecesor: derrotó a Alejandro Janeo de Judea en los altos del Golán hacia 83 a.C. y poco después se enfrentó con éxito a las fuerzas de invasión de los reyes seleúcidas Antíoco XII y Antíoco XIII, venciéndoles contundentemente en 88-85 a.C. Estos éxitos inauguraron la fase de máximo poder militar y político del reino de los nabateos, y que les llevaría a hacerse con el control de la mayor parte de Siria, sacudiendo hasta los cimientos las ruinas del Imperio seleúcida. A la muerte de Obodas I su sucesor, Aretas III, tras expulsar a los itureos de las proximidades de la ciudad de Damasco, se hizo con el control de la misma entre 84-72 a.C., poniendo algo de orden en el caos legado por el desplome del gigante seleúcida. En 82 a.C. ensoberbecido por el éxito, Aretas III volvió sus armas contra el que era ya el rival tradicional de los nabateos, el reino de Judea, invadiendo su territorio, derrotando a las fuerzas que se le opusieron e imponiendo a su rey un tratado de paz favorable a los intereses de Petra. El reino de los nabateos alcanzó entonces su máxima extensión, abarcando toda Transjordania, la mayor parte del Sinaí y toda la región del Hawran en el sur de Siria.

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Sin embargo, la hegemonía nabatea en el Levante no perduraría demasiado tiempo. Un actor relativamente nuevo en el escenario del Próximo Oriente, el reino de Armenia, no tardó mucho en obligar a los nabateos a volver a poner los pies en la tierra: en 72 a.C., las fuerzas del rey armenio Tigranes II el Grande les arrebataron el control de Damasco y sus áreas circundantes con fulminante contundencia. A pesar de que tres años más tarde los armenios evacuaron sus tropas de la ciudad, Aretas III no intentó recuperarla: el reino de los nabateos había estirado al máximo las posibilidades de sus recursos. Al mismo tiempo,  la guerra civil que estalló en el reino de Judea en 67 a.C. captó por completo la atención de Petra, que contemplaba la oportunidad de extraer notables beneficios con su intervención a favor de uno de los dos bandos judíos litigantes. Esta decisión se convirtió en el principio del fin de la independencia de Nabatea.

En el año 65 a.C. las legiones romanas al mando de los legados de Gn. Pompeyo Magno entraron en Damasco, apropiándose del corazón de Siria. A continuación, M. Emilio Escauro, legado del procónsul, evaluando la situación en Judea y Nabatea, optó finalmente por alinear al poder romano a favor del bando de Aristóbulo, pretendiente al trono de Judea y rival de Hircano, el pretendiente respaldado por el rey nabateo. Escauro solicitó formalmente a los nabateos que retiraran su apoyo a Hircano bajo la siempre persuasiva amenaza de un ataque romano. Aretas III, convencido, accedió a las demandas romanas. Sin embargo, su claudicación tuvo un primer efecto nefasto para sus intereses: Aristóbulo de Judea, envalentonado por las circunstancias, marchó con sus fuerzas sobre territorio nabateo, derrotando al ejército de Aretas III en batalla.

Entre tanto, en 64 a.C., Pompeyo convirtió a Siria en una nueva provincia romana oficialmente, condición que este territorio no abandonaría hasta siete siglos más tarde. A continuación el imperator romano quiso visitar personalmente el reino nabateo, iniciativa romana que finalmente se vio frustrada por la inestabilidad política de Judea y la necesidad de ponerle, una vez más, remedio. Dos años más tarde Pompeyo hubo de regresar a Roma, dejando a M. Emilio Escauro al mando de la situación otra vez. El legado, sin ninguna razón aparente que lo justificara, abrió las hostilidades contra Aretas III, liderando una expedición contra sus dominios, pero las espadas no llegaron a cruzarse: el rey nabateo llegó rápidamente a un acuerdo de paz mediante el pacto de 300 talentos de oro; las fuerzas romanas se retiraron tras asegurarse la lealtad y buena disposición de los nabateos como nuevos vasallos de la República de Roma.

Poco después el rey Aretas falleció. Su sucesor, Malicho I, conduciría con éxito al reino nabateo a través de los cambiantes y turbulentos vientos de las guerras civiles que sacudieron al Estado romano en 49-31 a.C. y que, inevitablemente, acabaron implicando y arrastrando a sus aliados y clientes: desde 47 a.C., el reino de los nabateos combatió al lado de las filas de Julio César frente a Pompeyo; cuando, tras el asesinato del dictador y la derrota de los cesaricidas en la batalla de Filipos (42 a.C.), Labieno convenció al imperio parto de que enviara una fuerza expedicionaria al Oriente romano para intervenir en contra de los intereses de los victoriosos Marco Antonio y Octavio, los nabateos se alinearon rápidamente con los invasores; tras la aplastante derrota de Labieno y sus socios partos, Octavio y Antonio impusieron a Malicho I una importante multa por su falta de lealtad; el reino nabateo quedó directamente dentro del área del Imperio romano bajo la gestión del triunviro Antonio y estuvo a punto de acabar anexionado a Egipto cuando, a instancias de la reina Cleopatra, Herodes I el Grande de Judea y Malicho I se enfrascaron en una contienda que agotó convenientemente a ambos bandos; tras la decisiva derrota de Marco Antonio y Cleopatra en la batalla de Actium (31 a.C.), el triunfo de Octavio y la anexión de Egipto al Imperio romano, Malicho I se apresuró a tratar de ganarse las simpatías del vencedor. Poco después falleció, llevándose al menos el mérito de haber salvaguardado al reino de los nabateos de la destrucción en tan tempestuoso escenario. Sin embargo, el futuro, aunque menos estridente, no resultaba mucho más seguro.

El nuevo rey, Obodas II, acabó convertido en una marioneta en manos de su principal ministro, Sileo, quien se erigió en el auténtico gobernante de Nabatea durante la mayor parte del principado de Octavio Augusto en Roma. La rivalidad latente con la vecina Judea de Herodes I fue, de nuevo, la principal preocupación del reino nabateo en este periodo. La situación acabó reventando en el año 9 a.C., cuando las maquinaciones políticas de Sileo en contra de los intereses de Judea provocaron la intervención militar de esta última sobre territorio nabateo. Ese mismo año Obodas II falleció, siendo ocupado su lugar por un tal Aneo entronizado como Aretas IV sin aguardar el consentimiento del princeps romano. Las protestas de Sileo en Roma ante lo que denunció como un auténtico golpe de Estado, no sirvieron de nada: la mediación del filósofo y biógrafo de Augusto, Nicolás de Damasco, ante el enfurecido amo del Imperio, logró que Aretas fuera confirmado como soberano no sin ciertas asperezas. Tres años más tarde el “valido” Sileo terminó sus días ejecutado por orden del princeps.

La endémica inestabilidad política en la región volvió a dispararse a la muerte de Herodes I el Grande en 4 a.C., cuando su reino fue dividido entre sus sucesores. Obligado a elegir entre una multiplicidad de pequeños estados judíos y Aretas IV, Augusto se inclinó preferentemente por deshacerse del rey nabateo: Nabatea fue anexionada así por vez primera como provincia, quedando bajo responsabilidad de un procurador imperial. La nueva provincia no sobrevivió al cambio de era: en el año 1 d.C., probablemente fruto de la expedición lanzada por Gayo César en la región, el reino nabateo fue restituido y Aretas IV Philopátor restaurado en el trono. A continuación, paradójicamente, fue el reino de Judea el que acabó anexionado en forma de provincia bajo responsabilidad de un procurador ecuestre en 6 d.C. Aretas IV, seguro ahora del respaldo romano, inició la segunda parte de su reinado, considerada como el auténtico apogeo socio-económico y cultural del reino de los nabateos.

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Sin embargo, Nabatea había entrado irremediablemente en un lento pero inexorable camino hacia su desaparición como Estado a manos del Imperio romano. Como veremos en próximas conversaciones con Clío, el reino de los nabateos no sobreviviría más de un siglo antes de volver a ser anexionado, esta vez de forma definitiva, por el poder romano durante el imperio de Trajano (98-117 d.C.). A pesar de constituir uno de los socios más sólidos y fiables del Imperio romano en Oriente, la inestabilidad, convulsiones y circunstancias manifestadas entre la mayor parte de los aliados y clientes de Roma en la región terminaron por convencer a los estadistas romanos de la necesidad de provincializar definitivamente estos espacios, proceso de consolidación del poder romano que culminaría en el año 106 d.C. con la anexión del reino de los Nabateos.

Bibliografía selecta:

Bowersock, G. W. (1983): Roman Arabia, Cambridge.

Hammond, Ph. C. (1973): The Nabataeans, their History, Culture and Archaeology, Paul Astroms Forlag, Gothemburg.

Hoyland, R. G. (2001): Arabia and the Arabs from the Bronze Age to the coming of the Islam, Routledge, Londres.

Mattern, S. P. (1999): Rome and the Enemy. Imperial Strategy in the Principate, University of California Press, Berkeley.

Politis, K.D. (ed.), (2009): The World of the Nabataeans, Steiner Franz Verlag, Stuttgart.

Roche, M.-J. (2009): Pétra et les nabatéens, Les Belles Lettres, París.

Soria Molina, D. (2015): “Arabia Petraea, de reino cliente a provincia romana (63 a.C.106 d.C.)”, en Bravo, G. / González Salinero, R., Poder central y poder local. Dos realidades paralelas en la órbita política romana, Signifer Libros, Madrid-Salamanca, pp. 313-330.

La expansión del Estado dacio en época de Burebista

En los Idus de Marzo de 44 a.C. el dictador romano Julio César pereció asesinado, apenas un día antes de su proyectada partida hacia el Este para dirigir una nueva campaña militar. El objetivo de esta contienda era el reino dacio, una superpotencia forjada por getas y dacios (pueblos asentados  sobre los Cárpatos y el curso bajo del Danubio) que en ese momento extendía su dominio desde el macizo bohemio hasta las costas occidentales del Mar Negro, y desde la actual Eslovaquia hasta los límites septentrionales de lo que hoy es Bulgaria. Bajo el resuelto liderazgo de Burebista y sus aliados, los geto-dacios habían conformado un auténtico Estado unificado cuya expansión había hecho retroceder incluso la sombra del poder romano, amenazando directamente su presencia en Europa Oriental. El hecho de que Burebista hubiera sellado una alianza con el principal rival político de César en Roma, Pompeyo Magno, le había convertido en un enemigo declarado del nuevo amo de la República de Roma.

El asesinato de César abortó inmediatamente las operaciones militares inminentes. Burebista no sobrevivió al dictador mucho tiempo: ese mismo año, el gran rey dacio fue asesinado también, en este caso a manos de una conjura tramada por una facción nobiliaria descontenta. A su muerte, el Estado dacio se escindió en un total de cuatro partes (posteriormente cinco), que no volverían a reunirse al completo hasta las últimas décadas del siglo I d.C. bajo la soberanía de Dures-Diurpaneo y Decébalo.

Sin embargo, ¿cuál fue el camino que llevó a los geto-dacios a constituir una entidad lo suficientemente poderosa como para poner en entredicho la hegemonía de la propia Roma sobre la mitad oriental de Europa? Comprenderlo nos obliga a retroceder cuatro décadas más en el tiempo, hasta los comienzos del reinado de Burebista en torno al año 80 a.C.

A principios del s. I a.C. getas y dacios no constituían una entidad política unificada, sino que su poder se encontraba dividido en una serie de reinos, federaciones y tribus independientes. Hacia los años 82-79 a.C., Burebista, miembro de la alta nobleza, asumió el poder soberano sobre una de estas entidades, situándose el centro de su poder sobre los montes Orăştie, en el corazón de la actual Rumanía y futuro centro neurálgico del Estado dacio. Desde esta región, el nuevo rey inició la complicada tarea de poner fin a la división de los geto-dacios hasta constituir una única entidad unificada y cohesionada, requisito fundamental para poder proyectar su poder posteriormente hacia el exterior con visos de permanencia. El éxito en este objetivo se sustentó principalmente en el respaldo de la élite religiosa dácica (encarnada principalmente en la carismática figura de Deceneo, principal consejero de Burebista, sobre el que tendremos ocasión de hablar en el futuro) y el empleo de la fuerza para doblegar a soberanos rivales y opositores. Aunque no han sobrevivido testimonios detallados sobre el desarrollo de estos acontecimientos, sabemos que hacia el año 60 a.C. el proceso de unificación de los geto-dacios había sido culminado con éxito en su mayor parte, sentando las bases del Estado dacio.

Dotada de instituciones complejas de inspiración helenística, una administración avanzada y eficiente, con una jerarquía social común definida y un ejército compuesto por un núcleo de fuerzas semi-profesionales respaldado por contingentes de levas ciudadanas, vasallos y aliados, que podía alcanzar los 200.000 efectivos totales, Dacia se encontraba en óptimas condiciones para iniciar un proceso expansionista que la convertiría en un auténtico “imperio” según las palabras del geógrafo Estrabón (VII. 3. 11).

Guerrero noble dacio, ss. I-II d.C., J. D. Cabrera Peña

Guerrero noble dacio, pesadamente protegido y armado con la característica falx dácica. Bien equipados y organizados, los ejércitos dacios de los siglos I a.C.-II d.C. constituían un desafío formidable para cualquier adversario de su tiempo.

Aunque la meta principal de los geto-dacios había sido, ya desde los siglos IV-III a.C., hacerse con el control de las costas occidentales del Mar Negro y todo el norte de Tracia, este objetivo no podía ser abordado de forma directa sin la erradicación de amenazas en la retaguardia que pudieran impedir al joven Estado dacio concentrar todos sus recursos en el Este y el Sur. Por este motivo, los ejércitos de Burebista se dirigieron en primer lugar hacia el Noroeste, contra la confederación formada por las tribus celtas de boyos y tauriscos liderados por Critasiros, cuyos dominios se extendían desde el Oeste de la actual Rumanía hasta la República Checa, Hungría y Austria. En torno a los años 60-59 a.C. los dacios se habían alzado con la victoria en este frente, poniendo bajo su soberanía directa todo el espacio situado al Este del río Tisza y llevando su hegemonía e influencia hasta Centroeuropa.

La terrible derrota sufrida por boyos y tauriscos tendría, sin embargo, unas consecuencias inesperadas: expulsados de buena parte de sus territorios, presionados por el nuevo poder emergente en el Este y duramente vapuleados, iniciaron una migración en dirección hacia el Oeste en el año 58 a.C. Este movimiento, a su vez, obligó a la tribu celta de los helvecios y sus aliados a emigrar ellos mismos hacia el interior de la Galia… sirviendo al entonces procónsul de Galia Cisalpina, Transalpina e Iliria, Gayo Julio César, el pretexto necesario para iniciar la secuencia de campañas que culminaron en la conquista romana de la Galia Comata.

El siguiente movimiento de Burebista se dirigió hacia el Suroeste de sus dominios, consolidando la expansión del poder dacio sobre el curso medio del Danubio y los ríos Drava y Morava mediante el sometimiento de pueblos celtas balcánicos tales como los escordiscos.

En el extremo Norte y Noroeste de la cordillera de los Cárpatos los dacios sometieron mediante acuerdos de vasallaje a carpos y costobocos, tribus con las que estaban culturalmente emparentados. Los bastarnos, una confederación germánica que se enseñoreaba de la actual Moldavia y de parte de la desembocadura del Danubio, fue sometida por la fuerza a la supremacía dácica.

Hacia el año 55 a.C. Burebista había llevado al Estado dacio a las circunstancias óptimas para poner en marcha las operaciones necesarias para completar el gran objetivo que habían perseguido muchos soberanos geto-dacios antes que él: someter a las ciudades y colonias griegas de las costas occidentales del Mar Negro y, por lo tanto, hacerse con el control de las ricas rutas comerciales que las recorrían. La derrota de Mitrídates VI por parte de Roma (88-63 a.C.) había dejado a estas ciudades en una situación de absoluto desamparo: el poder romano aún no estaba en condiciones de extender su dominio hacia el interior del Mar Negro, circunstancia que se evidenció claramente cuando, en el año 62 a.C., el cónsul Antonio Hybrida fue derrotado en las proximidades de la ciudad de Histria a manos de los bastarnos, vasallos ya del Estado dacio. Hacia el año 48 a.C., toda la costa occidental del Mar Negro, desde la ciudad de Olbia en el Norte, hasta Apollonia Pontica en el Sur había sido sometida a la soberanía dácica de forma directa o indirecta. Unas ciudades capitularon pacíficamente. Otras, como Olbia, Histria o Mesembria, fueron conquistadas por la fuerza. Llegado este momento, el Estado dacio no sólo era la mayor superpotencia de la Europa del Este, sino que, además, había conseguido llevar sus fronteras prácticamente hasta los límites de las provincias romanas de Macedonia y la futura Dalmacia.

La expansión del Reino dacio en época de Burebista

El Estado dacio en su momento de máxima expansión durante el reinado de Burebista, sus vasallos y sus áreas de influencia hacia el año 45 a.C.

Naturalmente, el poder dacio no pasó desapercibido al Estado romano. Ya en el año 59 a.C. Julio César había considerado seriamente dirigir sus campañas militares contra Burebista y sus aliados, utilizando Iliria como base. Las consecuencias indirectas de la expansión dácica hacia el Oeste quisieron que, finalmente, el procónsul dirigiera finalmente su atención hacia las Galias, cambiando el curso de la Historia de forma decisiva. En 48 a.C., sin embargo, la República de Roma se encontraba en los albores de la guerra civil que enfrentaría a Pompeyo y César por la supremacía absoluta. Señoras del Oriente romano, las autoridades pompeyanas optaron por un cambio de actitud hacia el Estado dacio en busca de aliados, apoyos y seguridad en el inminente enfrentamiento con el vencedor de las Galias.

En la localidad de Heraclea Lyncestis, Pompeyo Magno y el embajador nombrado por Burebista a tal efecto, Acornion, sentaron las bases de la alianza entre el imperator romano y el rey dacio. Tras el revés sufrido por César en la batalla de Dyrrachium Burebista decidió finalmente consolidar sus lazos con el que estimó seguro vencedor, sin que sepamos con seguridad si fuerzas dácicas llegaron a tomar parte efectiva en la posterior batalla de Pharsalus (48 a.C.) en el bando pompeyano. Desgraciadamente para el soberano dacio, sus cálculos resultaron ser completamente erróneos esta vez, pues el procónsul de las Galias resultó el absoluto vencedor de la contienda.

La victoria cesariana convirtió al Estado dacio automáticamente en enemigo declarado del vencedor y, por lo tanto, del propio Estado romano. En 45 a.C. un total de 16 legiones y 10.000 jinetes se concentraban en Macedonia en preparación para las hostilidades contra Burebista y el Estado dacio, previstas para el año siguiente. Julio César habría podido protagonizar así la primera guerra dácica de la historia romana, antecediendo casi un siglo y medio a los emperadores Domiciano (81-96 d.C.) y Trajano (98-117 d.C.), de no haber resultado apuñalado hasta la muerte a los pies de la estatua de Pompeyo.

Como sabemos, la suerte de Burebista no fue mejor, pereciendo asesinado paradójicamente en el mismo año que el dictador romano. Pero, en tanto el Imperio romano consiguió emerger unificado bajo un nuevo régimen político de las guerras civiles que se sucedieron tras el cesaricidio, Dacia vio su unidad pulverizada en la forma de una serie de un total cinco reinos separados, unidos tan sólo por lazos religiosos y culturales.

Sin embargo, estos hechos no supusieron, ni mucho menos, el final de la epopeya del Estado dacio. Su historia no había hecho más que comenzar…

Bibliografía selecta:

Crişan, I. H. (1978): Burebista and his time, Bibliotheca Historica Romaniae, (Monographs XX), Bucarest.

Daicoviciu, H. (1972): Dacie, de Burebista a la conquête romaine, Dacia, Cluj.

Daicoviciu, H. (1984): Portraits daciques, Bucarest.

Matyszak, P. (2005): Los enemigos de Roma, Oberón, Madrid.

Soria Molina, D. (2014): “La expansión del Reino dacio bajo Burebista, siglo I a.C.”, ETF, Serie II – Historia Antigua, nº 27, pp. 137-152.

Syme, R. (1999): “Caesar’s Desings on Dacia and Parthia”, en The Provincial at Rome and Rome and the Balkans, 80 BC-AD14, Exeter, 174-192.

Vădan, P. I. (2008): “Patterns of Continuity in the Geto-Dacian Foreign Policy under Burebista”, Hirundo, pp. 69-86.

Regreso desde el frente…

Tras más de un año de silencio, Conversaciones con Clío vuelve a la vida de la mano de su autor. Esta prolongada ausencia, sin embargo, está más que justificada: los imperativos propios de la titánica tarea de finalizar mi tesis doctoral (¡culminación de más de 5 años de investigación!), titulada Las guerras dácicas de Trajano: antecedentes, desarrollo, geopolítica, estrategia y consecuencias, me obligaron a abandonar temporalmente la habitual atención a este blog.

No menor esfuerzo  ha requerido la apropiada preparación de la defensa de la citada tesis ante el tribunal pertinente. El pasado día 12 de Mayo, en la Facultad de Letras de la Universidad de Murcia tuvo finalmente lugar el mencionado acto de defensa pública, finalizando muy felizmente la jornada con la concesión a la tesis de la calificación de sobresaliente cum laude por unanimidad. Es éste un evento que permanecerá para siempre en mi recuerdo, junto con mi más sincero agradecimiento hacia quienes han hecho posible esta empresa, han colaborado en la misma o me han dado su apoyo a lo largo de todo este tiempo, así como para con todos los que tuvieron a bien asistir al acto.

Finalizada así esta dilatada pero grata aventura, regreso desde “el frente” para ofreceros nuevas “conversaciones”, trayendo mi equipaje lleno con multitud historias, experiencias y reflexiones nuevas que compartir con vosotros. Queda, por lo tanto, inaugurada una nueva etapa en Conversaciones con Clío que espero sea de vuestra entera satisfacción y provecho o que, al menos, resulte de vuestro agrado y os proporcione sano entretenimiento.

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